Si estás pasando por alguna dificultad, reza diariamente una oración al Espíritu Santo, que será para tí, luz, fuego, brisa, según la ocasión.

"Más la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores, adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu y los que le adoran, en Espíritu y en Verdad es necesario que adoren." (Jn. 4.23-24)

martes, 2 de junio de 2009

La ternura de María

La ternura de la Virgen es fruto de sus entrañas de Madre, madre de Jesús y de cada uno de nosotros en particular en el orden de la Gracia. Deberíamos día a día, pedirle al Espíritu Santo este don de comprender de que somos hijos únicos y predilectos de la Santísima Virgen.
No olvidemos que Jesús en sus últimos momentos le encomendó a su propia Madre el cuidado de cada uno de nosotros: Mujer: ahí tienes a tu hijo! Y María fiel a la Palabra de Jesús, desde ese momento y para siempre se convirtió en nuestra Madre.
María es Madre tierna y bondadosa y su ternura cuida, proteje, ampara, une, en definitiva: salva. Tierna es también su mirada, su disposición y su actitud, cada vez que nos encotramos en peligro o el sufrimiento nos azota. En esos momentos, a veces de terrible soledad, temor y desesperanza, Ella brilla y su corazón se hace signo visible, indicándonos un camino, sugiriéndonos una decisión, fortaleciéndonos en la debilidad y mostrándonos el horizonte que jamás deberíamos perder: su HIJO Jesucristo.
Toda la intención de la Virgen, que brota de la intimidad más profunda de su corazón, es acercarnos a Jesús, camino, verdad y vida. Su ternura de Madre es protegernos y Ella sabe que sólo Jesús, con su misericordia, calma la tempestad, sosiega el torrente y despierta la fe para arribar y permanecer en puerto bien seguro.
María ve, María oye, María escucha. Está muy atenta a todo lo que nos sucede, de forma casi imperceptible, pero cierta. Sólo espera nuestro clamor, nuestra súplica y llamada. Y como es ejemplo diáfano de ternura maternal se deja ver y le habla a su Hijo de nuestras penas y necesidades. El Señor la escucha, porque su Madre con su humildad y ejemplo fue su mejor discípula y entonces nos responde, porque jamás niega nada a los deseos de quien le dió vida y vida en abundancia.
Deberíamos plantearnos si en nuestra vida espiritual, en nuestra oración, le hacemos "espacio" a la Santísima Virgen. Dediquemos pues, unos quince minutos diarios al rezo del Santo Rosario, ya que es la oración que más le agrada a la Virgen. De esta manera, en cada día nuestra unión a María se hace más patente y sólida. De a poquito iremos descubriendo su cercanía y su presencia en todos los acontecimientos de nuestra vida.
En tiempo de necesidad y cuando miremos al cielo en busca de socorro, acudamos a María y su ternura se hará puente, para que el rostro misterioso del Señor se haga visible en nuestro corazón y podamos así dialogar íntimamente en oración con El.
No dudemos, con María, la respuesta llega.
--



No hay comentarios:

Publicar un comentario