Si estás pasando por alguna dificultad, reza diariamente una oración al Espíritu Santo, que será para tí, luz, fuego, brisa, según la ocasión.

"Más la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores, adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu y los que le adoran, en Espíritu y en Verdad es necesario que adoren." (Jn. 4.23-24)

jueves, 4 de junio de 2009

LA VIA DEL DESIERTO


por Marie-Madeleine Davy




Desierto geográfico o desierto descubierto en el interior de uno mismo, uno y otro se asemejan por la significación de sus simbolismos. Todo desierto provoca la oración, como en la leche entera la nata sube a la superficie. Una comparación tal puede parecer insólita. Su única ventaja es la de evocar una espontaneidad que se opera naturalmente, sin que sea necesario recurrir a técnicas o a "instrucciones de uso". Las religiones vehiculan la oración. Se ha dado una gran importancia a la oración vocal. Se piensa de buen grado que las palabras -cargadas de energía- poseen por ellas mismas poderes. Tales procedimientos se emparentan más o menos estrechamente con la magia. Sin embargo la oración secreta no ha cesado de encender los corazones en estado de vigilia.

Entre las diversas tradiciones que incluyen la oración, el judeo-cristianismo tiene un papel esencial. Este aparece particularmente resaltado en los Salmos y los Profetas. "Que mi oración llegue a tu presencia", pide el salmista (88,3). El Eterno está abierto a la voz de la oración (cf. Sal. 66,19); él percibe la oración del justo (Prov. 15,29), del hombre desdichado y miserable (cf. Sal. 102,1; 102,18).

El Nuevo Testamento insiste sobre la necesidad de un contacto permanente con Dios. Pablo recomienda orar sin cesar (Tes. 5, 17). Yendo por delante de las criaturas, Dios las invita a responderle. Cristo se aleja de la multitud para orar y aconseja que uno entre en su habitación y cierre la puerta con el fin de entregarse a la oración. Habiendo sido conducido por el Espíritu Santo al desierto, Cristo será allí tentado por el diablo (Mat. 4, 1-2). En adelante la relación entre la oración y el desierto se presenta siempre con una faceta de sombra. Si el orante va a escuchar a Dios en su propio desierto, encontrará ahí necesariamente los "demonios" que no solamente le habitan sino que él alimenta.


EL DESIERTO

"Yo voy a seducirla, a conducirla al desierto, y hablar a su corazón" (Oseas 2,16). La nostalgia de lo divino es enseguida colmada. Tras la seducción, sucediendo a una sorpresa, una escucha se instaura. La oración designa al oído en estado de vigilia, pero el principiante lo ignora. Corre el riesgo de multiplicar las peticiones, de reclamar ayuda. No sabe que él está siendo visto por Dios.

Todo el problema de la oración se sitúa en este nivel preciso. Solo la transparencia permite ser visto. Y el hombre crea obstáculos por el grosor de su cuestionamiento y de sus parloteos. Mezcla la paja y el grano, la letra y el espíritu. Que se retire... y Dios podrá actuar en él. El itinerario de la oración no es nada más que un vacío de si mismo. Lo creado se aleja para dejar el lugar a lo divino.

Con el salmista, el amante de la soledad puede exclamar: "Huiré a lo lejos, me albergaré en el desierto" (Sal. 54,8). Dejar su morada a la manera de Abraham sin saber lo que se va a descubrir, partir fuera, a la aventura, hollando tierras desnudas, o también partir hacia adentro, al lugar secreto donde "verdea" lo divino. La soledad en tanto que acercamiento a una "terra incognita" se manifiesta siempre reveladora.

En la partida la angustia, incluso el terror. ¿No es el desierto un mar de arena o de piedra, testimoniando una intolerable desnudez?. "Tierra árida y barrancosa, tierra de sequía y de tinieblas, tierra que ningún hombre recorre, en la que ningún hombre se instala", dirá el profeta Jeremías (2,6). La soledad aleja las diversiones, pero no las destruye. El combate cuerpo a cuerpo comienza tras el desapegamiento del mundo exterior. La mente se aligera lentamente, mientras que el ego comienza a fundirse progresivamente gracias al calor del sol interior. Los comerciantes del templo, constituidos por los pensamientos inútiles, intentan ejercer su comercio. Las ilusiones abundan. Y las potencias de las tinieblas acosan al solitario. Estas le abandonarán cuando haya renunciado a si mismo, a sus sentidos exteriores, a todas sus pasiones y sus deseos, cuando haya comprendido que debe evadirse con el fin de dejar libre espacio a lo divino que no podría cohabitar con una criatura. Lo creado y lo increado no pueden emparejarse. Es por eso que el desierto y la soledad que le acompaña se presentan a la manera de una zambullida en el vacío, de una experiencia de vastedad que provoca un gemido: "Desde el fondo del abismo, he gritado hacia ti" (Sal. 130, 1). Y el abismo del fondo del hombre clama hacia el abismo divino: abyssus abyssum invocat (Sal. 42,8). Ciertos traductores harán alusión a chorros, a cataratas. Para que el Eterno devenga una "roca", un pasaje por lo torrentoso se comprueba como necesario. La vuelta a la fuente no puede efectuarse sin paso por el tumulto de los remolinos.

Osar descender al desierto interior, o también tener la audacia de iniciar la ascensión de la montaña de adentro. Estos movimientos que podrían parecer opuestos son idénticos. En el desierto, la teología especulativa encuentra la plenitud de su ejercicio. Todo deviene espejo (especulum), reflejo, eco, evocación del recuerdo del Eterno presente de una presencia, vivenciada como ausente porque ella no es necesariamente sentida. El solitario mezcla su voz al canto de la naturaleza, a los ritmos de las estaciones, a la explosión de la primavera y a la desnudez del invierno. Como no evocar aquí la oración del heliotropo de la que habla Proclo en el arte hierático de los Griegos. Esta oración se dirige al sol al que ella sigue en su movimiento orientándose hacia el. El sol terrestre simboliza el sol divino.

Ciertamente, el hombre del desierto no encuentra ninguna vegetación en una tierra privada de todo ornamento. Sin embargo se descubre portador en si mismo del universo, ¿no es él un microcosmos conteniendo al macrocosmos?. Hildegard von Bingen ha sabido magnificar un contenido tal. Es en el interior donde se manifiesta la inmensidad de lo creado y su belleza.

Además, la teología especulativa se adhiere al termino specula cuya significación hace referencia a un lugar elevado de observación, a una montaña, el Sinaí, el Horeb, el Thabor. El monte secreto del interior coincide con una elevación, un cambio de nivel que comporta una distancia con respecto al valle, allí donde la multitud se apretuja. Ezequiel dirá: "montañas, escuchar" (33,28). El Eterno se sitúa simbólicamente sobre la montaña santa (Sal. 3,5: 19,1; 48,2, etc.). "Las montañas lanzan gritos de alegría" (Sal. 98,8), esas son sus plegarias, su acción de gracias. Ellas se estremecen de alegría (Isaias 55, 12), porque ellas devienen otros tantos caminos (Isaias 49,11).

El desierto es un lugar privado de caminos en el cual todo deviene vía de acceso. Tal es el misterio del desierto y de la oración brotante. En la privación de los caminos, en el seno de un perpetuo desenraizamiento exigiendo el rechazo de todo equipaje, es decir de toda posesión, de todo saber, de toda rutina, la existencia deviene novedad de vida. Y esta novedad comporta otro lenguaje en el diálogo de la oración, en el monólogo de las llamadas sucesivas y también en la vibración del silencio provocando el paso del tiempo a la eternidad.

La oración puede llevar consigo llamadas, demandas de socorro, el aligeramiento de una condición demasiado dura, el reconocimiento de los bienes recibidos. En el desierto interiorizado, la oración deviene una escucha y una visión, la oreja y el ojo se acompañan. "Escucha hija mía y ve" (Sal. 44,11): el oído se hace mirada contemplativa, él intelige hacia adentro. En ese instante, la oración suscita el asombro.

Un asombro tal nace del esplendor que se descubre: este escapa al decir y a la escritura. La oración deviene silenciosa. El miedo se disuelve. Ningún temor por el porvenir podría subsistir. El Eterno nutre el nómada del desierto, en el interior el lo protege, lo toma a su cargo y lo conduce.

Existen prefiguraciones del desierto judeocristiano y de la oración que todo desierto inspira. A ese respecto, el antiguo Egipto aparece particularmente fecundo.

En la Biblia, el Exodo enseña que las nupcias del Eterno con su pueblo bien amado tienen lugar en el desierto. Y es ahí donde se desarrolla la Alianza. No solamente los profetas celebran la importancia del desierto sino que Filón describe también su magnificencia. Su mensaje será retenido por los cristianos y servirá de comentario a los textos bíblicos que le conciernen. Filón, ese judío de nacimiento y de formación griega, va a operar un encuentro entre el Antiguo Testamento y la cultura filosófica griega. Poco a poco, se instaura una liturgia del desierto comportando oraciones exteriores e interiores, favoreciendo un comportamiento orientado hacia la dimensión divina. No obstante los evangelios no cantan al desierto a la manera de los profetas, ellos se refieren a la Antigua Alianza reteniendo el ejemplo de Cristo que se aleja de la multitud para orar y sufrir en el desierto las tentaciones del demonio. En el cristianismo, la era del desierto sucederá al tiempo de los mártires. Los cantos gozosos de los mártires serán reemplazados por el silencio y los ásperos combates llevados contra las pasiones.

El siglo IV estará marcado por una oleada hacia los desiertos con el fin de dejar un mundo poco propicio a la oración y a la meditación. La expresión "Padres del Desierto" se presenta en la Historia Lausiaca de Palladius, ella concierne a los eremitas de final del siglo III, y sobre todo de los siglos IV y V. Antonio el Egipcio (nacido hacia el 250) será considerado como el padre del eremitismo cristiano. La conversión del corazón y de las costumbres se continúa todo a lo largo de la existencia. En el desierto, la metanoia, comprendiendo muertes sucesivas en las que se "muere sin expirar", como lo dirá más tarde Hedewiych, quita a la muerte física su habitual impacto. Los solitarios se reunían en la synaxis dominical. La oración común era lo más a menudo seguida de una comida fraternal. Los eremitas son discretos sobre su oración íntima. Ella forma parte del "secreto del rey". Ella brota del corazón y no pasa necesariamente por los labios. Pero el Eterno las percibe.

La literatura del desierto es accesible gracias a las Sentencias de los Padres del Desierto llamados Apophtegmas. En nada se asemejan a un discurso. Se trata de frases breves, llamadas lo más a menudo "palabras de salvación" ya que ellas responden a la demanda de los visitantes sugiriendo a los hombres de experiencia el emitir una palabra esencial que ellos puedan meditar e intentar vivir. Los eremitas eran invitados a mantenerse atentos a su maestro interior. A falta de preparación, corrían el riesgo de caer en la ilusión, de ahí la importancia de un guía autorizado. Cada uno podía adoptar una manera de orar según su propia singularidad. "El Anciano", tal era el nombre dado al eremita dotado de experiencia, se expresaba con pocas palabras. Ningún parloteo sobre la oración. Como un hermano se inquietaba al abandonarse constantemente a las distracciones mientras la oración, el Abba Poemen le aseguró en una sola frase: "Tu no puedes impedir que las distracciones te atreviesen el espíritu más que retener el viento".

A causa de su número, los eremitas se agruparán. Se tratará para la mayoría de un eremitismo mitigado. Por prudencia, en razón de los peligros surgidos de un eremitismo total, un paso por el cenobismo será aconsejado. A final del siglo XI los cartujos devendrán los sucesores de los eremitas. Se podrá entonces asombrarse de la importancia dada a la oración vocal. Aparte de las vísperas, el oficio de noche (maitines y laudes), la misa conventual, los cartujos recitan el oficio en su celda. En razón del perfecto mutismo al cual está consagrada su existencia, las palabras pronunciadas por la oración de los salmos les ayudan a conservar un equilibrio siempre difícil de mantener, pero ellos no hablan más que a Dios. Fuera de las Horas monásticas, su vida se instala en una oración silenciosa. El Espíritu Santo ora en ellos y su labor consiste en limpiar todo aquello que podría molestar su ejercicio. La oración de los cartujos se presenta como un estado de silencio sucinto a toda formulación. En cuanto a los eremitas que perduran en todas las épocas, estos adoptan el modo de oración que les resulta conveniente. La oración de los eremitas no podría adaptarse a un sistema. Sin embargo, por prudencia, ella se rodea de una ascesis rigurosa. Si no las ilusiones se multiplicarían. El desierto favorece los espejismos, las alucinaciones, el desbordamiento de la imaginación.


LA ORACIÓN Y EL SILENCIO

Cuando el amigo del desierto penetra en su fondo, al término de una ascensión, no podría él explicar lo que descubre allí. Las palabras le parecen privadas de una significación adecuada. Anteriormente, para emplear el lenguaje de Pablo, él distinguía por espejo y enigma. En adelante todo bascula.

El está morando en mi Casa
Yo le hablo boca a boca
En la evidencia, en enigmas,
Y él ve el rostro del Eterno. (Num. 12, 7-8)

Se trata de un desvelamiento, de una revelación nueva. A la petición sucede una escucha resultante de una vigilia amorosa:

Escucha hijo mío, y aprende la sabiduría
Y vuelve a tu corazón atento...
Yo te descubriré una doctrina pesada en la balanza
Y te haré conocer una ciencia exacta. (Ecl. 16, 12)

La escucha exige silencio. Ya no es necesario expresar la menor demanda, toda petición se mostraría superflua. La oración consiste en dejar la obra del interior desarrollarse. Interpelar lo divino, mendigar su ayuda, le supondría afuera. Lo Divino no es ya más lo todo otro, no se sitúa en la lejanía. El está ahí, más próximo de mi mismo que mi mismo. Eckhart lo enseña, lo divino no opera más que en uno mismo. El orante comprende que el estado de oración consiste únicamente en una presencia. Orar es dejar el Espíritu Santo actuar, pastorear en toda libertad.

Desde el momento en que el hombre se retira de si mismo, todo cambia. Anteriormente la soledad podía parecer espantosa, incluso inhumana. Privado de consolación sensible, el solitario corría el riesgo de creerse abandonado de los dioses y de los hombres. Habiéndose retirado de la multitud, los placeres y las distracciones que normalmente la acompañan la había subrepticiamente dejado. El se sentía aislado. Súbitamente el desierto privado de agua ha devenido estanque (Sal. 107, 35), se transforma en vergel (Is. 32,15). Entonces el desierto y el país árido se regocijan, las aguas brotan y fluyen. En el seno de esta beatitud nueva, el orante se sabe amado y su repuesta aparece un "si" que deviene un estado permanente de oración.

La oración no es ya más que un "amen" a la revelación que se desarrolla, a la protección que le rodea por todas partes.

En el país de la estepa, el le adopta,
en la soledad resplandeciente del desierto.
El le rodea, el le eleva, el le guarda
como la niña de sus ojos.


El Eterno está solo para conducirle.


Ese "si" no traspasa la densidad del silencio. El silencio deviene un "si" de confiante ternura. Todo ocurre en el instante. El pasado se desvanece. El porvenir no conlleva ningún terror porque la oración se adhiere a aquello que ha venido, viene y vendrá. Por su despliegue el "si", perpetua plegaria, toma una dimensión privada de toda frontera. El "si" destruye las barreras, desmantela las fortificaciones. Esta plegaria se instala como un río, fluye... y la oración no siente más la necesidad de adaptarse a una forma litánica.

Una oración formandose en un "si" devenido silencioso, proseguirá tras la muerte física, como una corriente que se despliega...

Silencio de una plegaria que no tiene ya más nada que expresar. Situada en el hecho de un amor cognoscente y de un conocimiento amoroso, el "si" de la oración se esboza como una sonrisa.

Así la oración se presenta como una sonrisa maravillada. En el desierto de si mismo, el orante se sitúa más allá del sufrimiento y de la alegría, más allá de la soledad, más allá de lo creado, más allá de la luz y de la noche, más allá del desierto y del valle. Nada más que un despliegue del misterio de la Presencia.

Este estado de oración provoca una revelación continua. Todo se desvela y el orante se encuentra conducido de descubrimiento en descubrimiento.

No separando el amor de Dios del de los hermanos, el contemplativo lleva al mundo en su corazón. Aquellos que saben orientarse hacia lo esencial se encuentran colmados.

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