Si estás pasando por alguna dificultad, reza diariamente una oración al Espíritu Santo, que será para tí, luz, fuego, brisa, según la ocasión.

"Más la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores, adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu y los que le adoran, en Espíritu y en Verdad es necesario que adoren." (Jn. 4.23-24)

jueves, 4 de junio de 2009

por Jean-François Six


El fuego de Dios

El Abba al que debemos abandonarnos es fuego. Abandonarse a él es abandonarse a un fuego: "Yo he venido a traer fuego a la tierra" dice Jesús. Jesús encendió en la tierra el fuego de Dios. Los místicos se han comparado frecuentemente a maderas encendidas por el fuego de Dios.

Dios es un incendio. Y nos dotamos de un corazón antiinflamable. Tomamos toda clase de precauciones para que su fuego no prenda, para que su pequeña llama no penetre en la casa. Nos refugiamos en los lugares inaccesibles para él, pues ama el viento fuerte y lo que presenta resistencia, no lo que se repliega y escapa.
El fuego es la acción de Dios. Los que son discípulos del Dios de Jesús son sal que sirve a la vez para representar el sabor de Dios y para que su fuego prenda mejor. Dios es fuego porque es "Abba", plenitud de atención al hombre y su libertad. Dios quiere atravesar el muro de nuestra resistencia a dejarnos amar. Sólo el fuego puede realizar esta muerte-resurrección, esa transformación. Dios no sólo se revela al hombre por propia iniciativa, sino que es el primero en amar. No sólo mira el hombre, le escudrina y le reconoce, sino que fondea sobre él como el amor; un amor apasionado que quema inevitablemente y que quiere penetrar, invadir el otro.
Este fuego desconcierta por su dulzura, pero es fuego, sorprende por su discreción, pero es fuego, digno de admiración por su ternura, pero fuego, paz conmovedora, pero fuego. ¿Cómo se le puede reconocer?

En su paradoja. Dios se manifiesta a Elías no en el trueno y en los relámpagos, sino en un murmullo tenue. Se revela no a los fuertes y a los sabios, sino a los débiles y a los ignorantes, no a los virtuosos y a los fariseos, sino a las prostitutas y a los publicanos, no a los poderosos, sino a los niños.
Todo esto es desconcertante. El Dios de Jesús no respeta reglas. No da a cada uno según sus merecimientos. "Hace salir el sol sobre los buenos y sobre los perversos, hace llover sobre los justos y los injustos" (Mt. 5,45) Hace que se posen sobre la tierra el grano bueno y la cizaña. Y les regala su lluvia y su sol. Y Jesús insiste sobre esto... ¿pero con que finalidad? Para invitar a los hombres a actuar como él. "Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen"

El Abba distribuye desde siempre todo su amor. Lo prodiga con exuberancia sobre nuestras creencias y nuestra incredulidad, sobre nuestra generosidad y nuestros egoísmos. Puesto que el Abba no criba, sed como él, dice Jesús a los hombres, sed perfectos como él es perfecto. Jesús propone amar de manera absurda, sin hacer una criba previa, con una especie de gratuidad sin límites. Y por esta manera de ser, que va a contrapelo, accedemos nosotros a una vida superior. Sabemos muy bien que cuando vamos más allá de nuestra mentalidad contable, cuando damos al otro sin esperar una contraprestación, cuando perdonamos sin esperar una reparación... sabemos que estamos doblando un cabo, y experimentamos un gozo indescriptible.
Se nos pide entonces que comuniquemos a los otros lo que es Abba: un Dios que no se ocupa de la cizaña, de las debilidades, que no tiene una memoria mezquina y rencorosa como nosotros, los hombres. Es un fuego que quema todo a su paso, un fuego de alegría.

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