Si estás pasando por alguna dificultad, reza diariamente una oración al Espíritu Santo, que será para tí, luz, fuego, brisa, según la ocasión.

"Más la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores, adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu y los que le adoran, en Espíritu y en Verdad es necesario que adoren." (Jn. 4.23-24)

viernes, 5 de agosto de 2011

"Así como el Señor los perdonó,
perdonen también ustedes"
(Col. 3,l3)

El Señor, que entró en la historia dos mil años atrás, quiere entrar en nuestra vida también ahora, aunque el camino en nosotros esté lleno de obstáculos. Por eso será necesario aplanar las montañas y remover las piedras. ¿Cuáles son los obstáculos que pueden obstruirle la entrada a Jesús?
Son todos aquellos deseos contrarios a la voluntad de Dios que surgen en nuestra alma. Son los apegos que nos atenazan; ganas de hablar o de callar, cuando se debe hacer de la manera contraria. Deseos de autoafirmación, de estima, de afecto; deseos de cosas, de salud, de vida tranquila...cuando eso no es la voluntad de Dios. Deseos más negativos, de rebelión, de juicio, de venganza... Estos deseos van surgiendo en nuestra alma y la invaden por completo. Por eso es necesario suprimir con decisión estos deseos no buenos, remover estos obstáculos, volvernos a poner en la voluntad de Dios y así preparar el camino del Señor.
Pablo dirige esta palabra a los cristianos de su comunidad para que, habiendo experimentado el perdón de Dios, sean capaces de perdonar a su vez a quien comete una injusticia contra ellos. Sabe que están habilitados para ir más allá de los límites naturales del amor, hasta dar la vida incluso por los enemigos. Como fueron renovados por Jesús y por la vida del Evangelio, encuentran la fuerza para ir más allá de las razones o los agravios, para buscar la unidad con todos. Y como el amor late en el fondo de cada corazón humano, toda persona puede poner en práctica esta palabra.
La sabiduría africana se expresa de esta manera: "Haz como la palmera: le tiran piedras y ella a cambio deja caer dátiles". No basta con responder a un agravio, a una ofensa..., se nos pide algo más: hacer el bien a quien nos hace el mal, como recuerdan los apóstoles: "No devuelvan mal por mal, ni insulto por insulto. Al contrario, respondan bendiciendo", "No te dejes vencer por el mal. Al contrario vence con el bien el mal".
¿Cómo vivir esta Palabra?
En nuestra vida cotidiana podemos tener parientes, compañeros de estudio o de trabajo, amigos, que nos lastimaron, o se comportaron injustamente con nosotros, nos hicieron algo malo... Tal vez no nos afloran pensamientos de venganza pero puede quedarnos en el corazón un sentido de rencor, de hostilidad, de amargura o incluso sólo de indiferencia, capaz de impedir una auténtica relación de comunión.
¿Qué podemos hacer en estos casos?
Levantémonso de mañana con una "amnistía" completa en el corazón, con ese amor que todo lo cubre, que sabe recibir al otro así como es, con sus límites, sus dificultades, de la misma manera que lo haría una madre con un hijo que se equivoca: lo excusa siempre, lo perdona siempre, siempre lo espera...
Acerquémonos a cada uno mirándolo con nuevos ojos, como si nunca hubiera tenido esos defectos. Recomencemos todas las veces que sea necesario, sabiendo que Dios no solamente perdona, sino que también olvida: ésta es la medida que nos exige también a nosotros.
Así le sucedió a un amigo nuestro de un país en guerra, que vio masacrar a sus padres, a su hermano y a muchos amigos. El dolor lo hizo caer en la rebelión, hasta desear para los victimarios un castigo terrible, proporcionado a su culpa. Continuamente le volvían a la mente las palabras de Jesús acerca de la necesidad de perdonar y le parecían imposibles de vivir. ¿Cómo puedo amar a mis enemigos? se preguntaba. Necesitó meses y muchas oraciones antes de comenzar a encontrar un poco de paz.
Pero, un año después, cuando se enteró que los asesinos circulaban libres por la ciudad, el rencor volvió a presionarle el corazón y comenzó a pensar como se iba a comportar si en algún momento se topaba con sus enemigos. Le pidió a Dios que lo aplacara y que lo hiciera capaz de perdonar.
"Me ayudó el ejemplo de los hermanos con los que trato de vivir el Evangelio -contó- y comprendí que Dios me pedía que no siguiera esas quimeras, sino que estuviera atento a amar a las personas que tenía cerca, a los compañeros de trabajo, a los amigos...En el amor concreto hacia ellos, poco a poco, encontré la fuerza de perdonar sincera y definitivamente a quienes habían matado a mi familia. Hoy mi corazón está en paz".

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