Si estás pasando por alguna dificultad, reza diariamente una oración al Espíritu Santo, que será para tí, luz, fuego, brisa, según la ocasión.

"Más la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores, adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu y los que le adoran, en Espíritu y en Verdad es necesario que adoren." (Jn. 4.23-24)

viernes, 5 de agosto de 2011

"Señor, enséñanos a orar"

Los discípulos, al ver como Jesús rezaba, quedaron sobre todo impactados por el modo tan especial con que se dirigía a Dios: lo llamaba "Padre". Otros antes que El, habían llamado a Dios de esta misma forma, pero, la palabra "Papá" en los labios de Cristo, revelaba un íntimo y recíproco conocimiento entre el Padre y El; nueva y única proximidad de un amor y de una vida que los ligaba a ambos en una incomparable unidad.
Los discípulos querían tener esa misma relación con Dios, tan viva y profunda, que veían tenía su Maestro. Querían rezar, como rezaba El, por eso le pidieron: "Señor, enséñanos a orar"
Jesús había hablado muchas veces a sus discípulos del Padre, y ahora, respondiendo a su pregunta nos revela también a nosotros que su Padre es Padre nuestro; también nosotros como El, a través del Espíritu Santo, podemos llamarlo "Padre".
Jesús enseñándonos a decir Padre, nos dice que somos hijos de Dios y nos hace tomar conciencia de que somos hermanos y hermanas entre nosotros.Y por tanto es Jesús mismo, el hermano a nuestro lado, que nos introduce en su misma relación con Dios, orienta nuestra vida hacia El, nos introduce en el seno de la Trinidad y nos hacer ser cada vez más "uno" entre nosotros.
Jesús nos enseña a dirigirnos al Padre y también nos enseña qué podemos pedirle. Que sea santificado su nombre y que venga su Reino; que Dios permita que lo conozcamos y amemos, y que se haga conocer y amar por todos; que entre de manera definitiva en nuestra historia y tome posesión de lo que ya le pertenece; que se realice plenamente el designio de amor que tiene para la humanidad entera.
Jesús nos enseña a tener sus mismos sentimientos, uniformando nuestra voluntad con la de Dios.
Nos enseña a tener confianza en el Padre. A El, que alimenta a los pájaros del cielo, le podemos pedir el pan cotidiano; a El, que acoge con los brazos abiertos al hijo perdido, le podemos pedir perdón por nuestros pecados; a El, que cuenta incluso nuestros cabellos, le podemos pedir que nos defienda de las tentaciones.
He aquí las cosas a las que Dios responde seguramente. Podemos dirigirnos a El con palabras diferentes -escribe Agustín- pero no podemos pedirle cosas diferentes. Si nosotros creemos en su amor, el Padre interviene siempre, en las grandes y pequeñas cosas.
Tratemos de recitar el Padre Nuestro, la oración que Jesús nos enseñó, con una nueva conciencia: Dios es realmente Padre y nos cuida. Recitémosla en nombre de toda la humanidad, consolidando la fraternidad universal. Que sea nuestra oración por excelencia, sabiendo que con ella le pedimos a Dios lo que más le importa. El sabrá escuchar nuestros pedidos y nos colmará de sus dones. Libres de toda preocupación, podremos correr en el camino del amor.

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